Hoy celebramos nuestro día.
Hoy celebramos nuestro día porque creemos ser celebrados por lo que somos y por lo que hacemos; y, para ello, nosotros concebimos un día, nosotros gestionamos ser reconocidos, y nosotros luchamos por alcanzar un espacio en el calendario para abrazarnos entre nosotros, para felicitarnos y, entre nosotros, decirnos feliz día, escritores; si, los escritores, los nadie para esta sociedad culta de vídeos fútiles de ticktock; los invisibles para esta clase ávida de consumo de contenidos digitales de fácil digestión, ligeros y apantuflados.
Hace poco nomás asistíamos a las celebraciones del Día del Libro, con lisonjas a nuestro producto, con elevadas críticas y sesudos raciocinios del aporte que hace el libro a la cultura y a esta civilización adormilada y hasta acojudada por la luz azul de las pantallas; pero, días después, es decir ahora, esta fecha, la del Día del Escritor, pasa casi desapercibida y lo tenemos que celebrar entre matas, como acto subversivo, como si fuéramos guerrilleros proscritos y nuestros actos, condenados; porque afuera, para el resto, es un día cualquiera.
Hoy celebramos el día del escritor, y no sé si lo hacemos como un gesto de victoria o como un acto de fe o una manifiesta resistencia a la indiferencia. No lo sé, pero mientras la dejadez gestionando las políticas públicas en nuestra patria tenga visos de desdén, mientras se prefiera una pizza tamaño familiar a un libro en las ferias, mientras veamos que más rápido se despacha una docena de pegatinas que un libro de propia autoría y, entonces, de escritores oferentes pasamos a vendedores de llaveros y manillas, mientras estemos en esta orilla donde resistimos alumbrados con débil luz como la de un cerillo, y mientras veamos al menos a un lector con los ojos ávidos, sosteniendo un libro, digámonos satisfechos: feliz Día del Escritor Boliviano.
Discurso pronunciado en la reunión de escritores de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Cochabamba el 12 de mayo.

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